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En seguida, una batalla de tanques mientras Herr Murer retaba a varios
compañeros que no se concentraban en sus quehaceres como lo hacía
yo. Carrión, con el que me había puesto de acuerdo en
no hablarnos ni juntarnos para no despertar sospechas, se palpó
el bolsillo de su chaqueta de cuero donde había guardado el billete
de cien pesos que me había llegado ese día en una carta
de mis padres. Carrión se dio unos golpecitos en el bolsillo
mirándome con complicidad. Le respondí mostrándole
seis dedos para luego sumirme en mi batalla de tanques y volar a lo
que es cañonazo las fortificaciones de los ingleses. El billetito
de cien pesos había precipitado nuestros sueños convirtiéndolos
en planes y a los veinte minutos en decisiones.
Yo
tenía nueve años, Carrión, no sé, pero él
estaba en segundo año de humanidades y era de los grandes, de
los que se corrían la paja y, por lo tanto, uno de los respetados.
Corría el año 43. Como se trataba de un internado alemán
no había más de treinta alumnos. La fuga sería
hacia el norte. Bajo mi colchón tenía la honda junto con
un hacha de piedra (una piedra filuda amarrada a un palo de guindo).
Dormía en una pieza con Carrión y el guatón Pérez,
un matón que cuando me encontraba solo me tiraba al suelo para
sentarse sobre mi estómago y proceder a apretarme el cuello hasta
dejarme sin aliento. No teníamos una meta muy determinada, pero
los dos contábamos con parientes en La Serena, aunque la idea
era más o menos la de tratar de vivir en los bosques. Tras la
piscina habíamos practicado con el hacha de piedra arrojándola
contra las plantas, imaginándolas conejos que luego asaríamos
al palo. Era un hacha estupenda.
Sentado
en su cama, Carrión dio aparatosamente cuerda a su formidable
reloj—cronómetro que, según él, era de capitán
de tanque. Me acosté pensando en que no había hecho las
tareas, ni el problema de matemáticas, ni la de alemán,
ni el resumen de historia. En cambio había arruinado los cuadernos
con las batallas, los dejaría sobre la cama para fastidiar a
los profesores. A las nueve, pasó Herr Murer apagando las luces.
Me
desperté muy temprano. No tenía reloj. Carrión
se estaba vistiendo con el mayor sigilo. Comencé a hacer otro
tanto. Le sonreí a mi amigo cuando saqué de debajo del
colchón la honda y el hacha. Me susurró que dejara esas
huevadas ahí, pero no le hice caso. Sobre el velador de Carrión
quedó abandonado un membrillo mordido. Para salir por la ventana,
teníamos que pasar por sobre la cama del guatón Pérez.
No bien Carrión pisó la cama del guatón, éste
se despertó. Quedarnos paralizados. El guatón se sentó
a mirarnos con curiosidad. Estábamos despeinados y con la camisa
afuera de los pantalones. "Vamos a sacar membrillos" musitó mi
compañero de fuga. Nos recuperamos de nuestra petrificación
y salimos. El guatón se quedó mirándonos. "Cierra
la ventana", le ordenó Carrión desde el patio. Entonces,
el guatón gritó a todo lo que daban sus pulmones, que
harto grandes los tenía: "Se van a robar los membrillos". Nosotros
emprendimos la carrera, Carrión adelante y yo pegado a sus talones,
a cuanto daban nuestras piernas, hacia el portón del internado.
Carrión, que no se había abrochado los zapatos, se pisó
los cordones y cayó al suelo. Yo tropecé con su cuerpo
y caí sobre él. Mientras nos incorporábamos me
sacó la madre sobándose la cintura donde casi se le había
incrustado la piedra del hacha que yo llevaba sujeta en mi correa. Seguimos
corriendo mirando cada cuatro pasos hacia atrás hasta llegar
al portón por el que Carrión trepó como un gato.
"Espérame, ¡no tan rápido!", le imploré, pues me
daba miedo la altura del portón. Cuando al fin me encontré
en la carretera, Carrión corría treinta metros más
adelante, a campo traviesa, desapareciendo a ratos entre los espinos.
Lo alcancé en la línea del tren donde se había
detenido jadeando. Descansamos un rato comiendo pan untado con miel
con hormigas. Nuestros zapatos y calcetines estaban mojados por el rocío.
Un
compañero de curso me había explicado que en un día
de lluvia, con la vía férrea bien mojada, uno se podía
poner de cuatro patas sobre los rieles con un jabón mojado bajo
cada mano y cada pie, entonces, si alguien le daba a uno una patada
en el poto, uno se deslizaba por los rieles y no paraba hasta Copiapó.
Pero ahí no teníamos jabón ni tampoco estaba lloviendo.
Acababa
de amanecer. El pasto y los rieles estaban cubiertos de rocío.
Las diucas, loicas, tordos y gorriones volaban piando, mezclados en
bandadas multicolores.
Caminamos
pisando los durmientes rumbo a la estación de Villa Alemana.
Mi amigo avanzaba algo más rápido, lo que me obligaba
a correr de trecho en trecho para mantener la distancia. En la estación
no se veía ni un alma. Apoyada delante de la puerta de la oficina,
una bicicleta. Carrión, con una seguridad pasmosa, actuó
como si fuera de él. "Esto se hace así, muchacho" me dijo
con apenas contenida euforia mientras llevaba la bicicleta a la calle.
—Llévame
en el fierro—le indiqué. Me miró airado.
—Hasta
cuándo me vas a joder, ¿ah?, ¿hasta cuándo?
Di
un paso hacia atrás. Me sentí culpable. Su barbilla estaba
amoratada, con gotitas de sangre. Se subió a la bicicleta. Consultó
su formidable reloj—cronómetro y partió. Cuando estuvo
a unos veinte metros dio vuelta su cabeza y me sonrió entusiasmado.
Esto se hace así, muchacho.
Me
quedé solo en la calle. Pasó una carreta donde al lado
del cochero iba un niño de mi edad que al sorprender mi mirada
me hizo un ademán agresivo. Escondí el hacha bajo mi chaqueta
de cuero.
Entonces
apareció aquel auto lleno de faroles y brillantes adornos de
cromo. Se detuvo a mi lado. Al volante, un señor enorme, elegante
y muy bien peinado. A su lado, con un paquete lleno de barras de chocolate,
una señora cariñosa como un hada.
—¿Dónde
queda el famoso internado alemán? —me preguntó el caballero
alegremente. Su mirada era vagamente familiar, sus ojos brillaban con
un sí es no de malicia.
—Siga
derecho—le indiqué.
El
hombre sonrió divertido.
—¿Seguirá
igual ese colegio?—me preguntó risueño—. ¿Servirán
todavía ese asqueroso porridge todas las noches? ¿Y el pan con
miel con hormigas? ¿Y esas tareas interminables?
—Igual.
—Me
alegro de haberme arrancado de ahí—me dijo, mientras yo no le
quitaba el ojo a los suculentos chocolates de la señora—. Me
arranqué cuando tenía tu edad, con Carrión, un
gran tipo, un tipazo. Bien, le echaremos un vistazo después de
tanto tiempo a ese maldito lugarejo.
Y
el auto desapareció por la carretera.
Yo
no hallaba adónde ir ni qué dirección tomar. No
conocía la ciudad. Volví a la estación y me senté
en un banco. Olor a grasa y hollín. Comencé a sentir frío.
Del pan no quedaba nada. Un enorme reloj colgaba de la pared, pero yo
no sabía ver la hora. Seguido de un ordenanza, se bajó
de uno de los carros de primera un general de aviación, alto,
grande. Se me aproximó. Tenía la cara llena de cicatrices.
Sonreía con un brillo malicioso en las pupilas. Me pareció
cordial y familiar. Irradiaba confianza. Un morralito verde con galletas
se bamboleaba al lado de su espada.
—Oye,
muchacho—me preguntó con su voz áspera y agradable—, ¿dónde
está el colegio alemán que hay por aquí?
—Hacia
allá.
Llevaba
un reloj—cronómetro que me quedé mirando.
—Un
lugar insoportable. Pero, ¿qué miras, muchacho?
—Ese
reloj es, es...
—Ah,
este viejo reloj—me explicó con su voz ronca— me lo regaló
un amigo con el que me arranqué del colegio ese. Nos separamos
aquí mismo, en esta estación. Él se fue en una
bicicleta y no lo volví a ver más. Pero dos años
después, me mandó un paquete sin carta ni nota alguna,
adentro estaba el reloj, lo reconocí en el acto. Desde entonces
no he usado otro. Es un reloj—cronómetro formidable.
Y
desapareció seguido de su fiel ordenanza que iba armado de un
fusil ametralladora.
El
jefe de estación se me acercó con paso tranquilo.
Se
veía soñoliento. En la mano llevaba un feroz pan con queso
y dulce de membrillo. Me miró con ojos maliciosos:
—Te
arrancaste—me dijo casi sin tono de pregunta.
—Sí.
No aguantaba más.
—Tampoco
yo lo pude aguantar.
Era
un tipo bastante grande, ancho de espaldas. De su cinturón, sobre
su costado derecho, colgaban una linterna, una llave inglesa y una pistola
automática.
—Me
fugué—arrugaba la frente para recordar mejor— con un gran amigo.
Yo me quedé aquí y me emplearon en la estación.
Comencé de mozo. Luego fui ascendiendo. He viajado por todos
los rincones. ¿Te gustan los trenes?
—Si—dije—,
sin quitarle los ojos al reloj—cronómetro que llevaba en la muñeca.
Sonrió
al ver la dirección de mi mirada.
—Era
de mi mejor amigo—me contó—. No lo vi nunca más, pero
me lo envió muchos años después. Él sabia
que me gustaba. Yo le mandé mi hacha de piedra, un hacha magnifica.
Luego
apareció otro hombre. No tan grande ni elegante. Era Herr Murer
que me llevó de vuelta al internado en su auto. El camino estaba
completamente solitario. No nos pasó ni nos cruzamos con ningún
otro coche. Las bandadas de pájaros aparecían y luego
se esfumaban entre los espinos y árboles disfrutando de la hermosa
mañana. Algún día viviría entre los bosques.
Herr
Murer abrió la gran reja aún húmeda de rocío.
Entramos. Mis compañeros estarían recién levantándose.
Pensé en mis cuadernos y en las tareas. Me esperaban días
duros, tardes sin jugar, tareas de castigo, sin recreo ni paseos por
una eternidad. La fuga había terminado. De Carrión y de
mis cien pesos jamás volvimos a saber, pero su nombre se convirtió
en mito. No hubo aventura, ni hazaña que no se le atribuyese.
Se llegó a decir que estaba en Alemania, de piloto de caza, combatiendo
contra los ingleses.
Decir:
"treinta años después", es decir: "treinta siglos después".
Salí a la calle acompañado de unos amigos a los que acababa
de visitar. Era de noche, de modo que nos sorprendimos ante la súbita
aparición de una vagabundo barbudo y harapiento que se abalanzó
sobre nosotros gesticulando y hablando sin parar en voz bastante alta:
—...
todos somos iguales, es el destino, señor, señorita, que
nos tira a unos para allá y a otros para acá, el que tiene,
el que pide, el que roba, señor, señora, yo podría
robar, pero soy de los que pide, es el destino, señorita, señor,
que juega a la pelota, sí, señor, a la pelota con nosotros,
son los hilos, señor, los hilos...
La
luz de la inteligencia había huido de sus ojos. De sus labios
salían incoherencias con el objeto de obtener algo para comer.
Extrañamente, no olía a vino sino que a membrillo, un
olor a membrillo maduro que me turbó e hizo esfumarse mi sonrisa
condescendiente. El tipo era porfiado, sabía que molestaba y
el precio por dejarnos tranquilos era darle cualquier cosa. Saqué
mi billetera y extraje un billete de cien pesos que él cogió
con sus manos temblorosas y así fue como pude ver su reloj. Un
reloj que habría reconocido en cualquier parte a pesar de los
treinta años pasados. Extraje una buena cantidad de dinero y,
ante el asombro de mis amigos, se la pasé sin dejar de mirar
su reloj. El vagabundo no lo podía creer, casi se le cayeron
los billetes de las manos, pero, no obstante su emoción, se percató
de mi mirada fija en su muñeca, en su reloj. Me miró a
los ojos mientras se lo sacaba. Me lo dio ensayando, sin conseguirlo,
una sonrisa. Tomé el reloj caliente y seboso que aún palpitaba.
No sé cuánto rato lo contemplé, pero al levantar
la vista el loco había desaparecido.
—Ahora,
sí que creo—dijo mi anfitriona, divertida. Salí de mi
aturdimiento y me despedí de mis risueños amigos. Era
ya bastante tarde. Subí a mi Chrysler descapotable y partí
y viajé el resto de la noche. ¿Y por qué no? No tenía
ninguna obligación que cumplir, pero sí unas ganas locas
de volver a ver esos lugares. El colegio. La estación. Los rieles
por donde había pasado cuando muchachito asustado y rebelde,
prófugo de esa maquinaria represiva donde nos alimentaban con
engrudos de avena y ese pan con miel con hormigas que devorábamos
como si fuera ambrosía.
Es
grato manejar un auto nuevo. Fue hermoso ver amanecer en medio de ese
paisaje que fue testigo de parte de mi infancia. Me embargaba una enorme
ternura por ese niñito de nueve años que yo había
sido y que ya nada tenía que ver conmigo. El sol cubría
de dulces colores el campo y hacía brillar las gotas de rocío.
El camino estaba solitario. Bandadas de pájaros volaban de espino
en espino.
Los
judíos visitan los KZ, las barracas, los hornos crematorios.
¿Qué los impulsa? ¿Qué buscan allí? Yo tenía
unas ganas enormes de volver a ver todo aquello. No obstante, a medida
que me acercaba, se me endurecía el estómago y se me agitaba
la respiración. Había sido un año de vida perdido,
estafado a mi infancia, hambre, puñetes, todas las pedradas,
correazos, cachetadas, los castigos humillantes de mi vida, estaban
concentrados allí, en ese internado. Pero me había fugado—el
recuerdo me hizo sentir ligeramente orgulloso—o por lo menos lo había
intentado, ¡joder! Y ahora, empujado por algo que no sabría definir,
volvía, volvía. ¿Estaría todavía allí?
¿Seguirían dando ese porridge? ¿Y la estación? Qué
ganas de abrazar a ese niñito que fui y sentir palpitar su corazón,
él no se dejaría, claro, nunca le gustaron esas efusiones,
pero me permitiría pasarle la mano, los dedos, por su mata de
pelo, sintiendo su cabecita dura. Volvería a caminar entre esos
rieles, pisando los mismos durmientes de entonces cuando iba como un
perrito mojado tras las rápidas zancadas de Carrión. Carrión.
¡Cómo lo había admirado al desgraciado hijo de putas!
¡Pero qué tipo más fenomenal era! Tenía la mirada
arrojada del deportista antes de saltar al vacío con sus esquíes
en esos trampolines.
El
pueblo de Villa Alemana aún aprecia dormir, salvo una señora
gorda que estaba abriendo un quiosco de diarios que me miró entre
preocupada y sonriente.
—Un
paquete de galletas,—le pedí—de esas bañadas en chocolate.
—¿Estas?
—Sí,
pero ese paquete más grande, por favor, déme dos.
Abrí
uno de los paquetones con todo cuidado y, masticando la primera galleta,
volví al auto. Estacioné mi descapotable en la estación.
Pasó una carreta, un niño que iba sentado al lado del
cochero me hizo un además obsceno. Bajé y me dirigí
al andén. Curiosidad y nostalgia. Debían de ser las siete.
Estaba bastante fresco. Aparentemente, la estación estaba solitaria
aún. Con un paquete de galletas en el bolsillo y el otro, abierto,
en la mano, aspiré profundamente el aire, los olores de la estación.
El rocío cubría los rieles. Caminé lentamente reprimiendo
la emoción. Era la misma hora. Todo estaba igual. El reloj colgado
en la pared. Los carros. Un muchachón casi me atropella con su
bicicleta. Se me cayó el paquete de la mano que, por supuesto,
recogí. No sé de dónde había salido. Lo
miré mientras se alejaba. El sol hizo destellar su reloj pulsera
durante un segundo. Una bandada de gorriones, tordos y loicas salió
disparada de una mata de espino. Sentí, sin reaccionar, cómo
caían las galletas del paquete abierto al suelo. Sentado en un
banco, un niñito de chaqueta de cuero, despeinado y con la camisa
afuera, contemplaba abriendo enormes ojos mis paquetes de galletas.
Con un cariño que se me salía por los poros, me acerqué
sonriendo.
—Conque
te arrancaste. ¿Eh?—le dije.
Su
mirada se apartó de las galletas y se detuvo en mi reloj—cronómetro.I
N
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